Hace unos días, mi sobrino de tres años fue encontrado por su madre rasurándose la reluciente piel de bebé de su quijada. El resultado fue una gran cortada en el mentón y una fobia a los rastrillos. Ahora me tocará a mí explicarle durante su juventud que su gusto por la barba y, sobre todo, en las mujeres no obedece a ninguna postura post post hippiosa, si no más bien a una ridícula intención de hacer algo sobre lo que no tuvo ni la más mínima idea.
El matrimonio es lo más parecido al pobre de Bruno haciéndose una cortadita de aprendizaje que le mostrará que los rastrillos sólo se usan en determinada edad y por determinada gente, justo como el matrimonio. Ahora sí en vez de una fobia, produce una filia, estará más que listo para cualquier rasurada. Hay de gustos a gustos: yo, desde hace meses, no aguanto que me pique la barba.